domingo, 1 de diciembre de 2024

Primeras, y segundas, impresiones sobre "La búsqueda del beso", de Diego Tedeschi Loisa

Primeras, y segundas, impresiones sobre La búsqueda del beso, de Diego Tedeschi Loisa

por Pablo Mereb


Leí una versión que sabía que no era la definitiva. De todos modos, entendía que era una versión avanzada. Y, lo dijo Jorge Luis, creo, los libros no se terminan de escribir, se abandonan. Este estaba próximo a abandonarse, je. 

Como me gusta el estilo tedeschiloiseano me metí de cabeza en la historia. No es un estilo de escritura complejo, por lo que siento que el potencial público lector tedeschiloiseano es amplio. Desde ya, y como es habitual en el estilo mencionado, que no sea “complejo” no quita que no sea “profundo”. Siempre, en cualquiera de los libros de Diego Tedeschi Loisa, aparecen temas de coyuntura, las minorías relegadas por el sistema, militancia LGBT+ en particular, militancia por los derechos humanos en general. Y no hay bajadas de línea caprichosas, hay argumentos. Y al que no le gusta, se jode se jode. 

En esta nouvelle (género que el autor visita por primera vez) está muy vivo, muy presente, el contexto en el que le toca vivir al protagonista. La coyuntura es protagonista. La historia transcurre en una época reciente, podríamos decir. Esto lo escribo en septiembre 2023, la pandemia, la cuarentena, todavía están frescas en nuestra memoria. Y en la nouvelle se relatan hechos de público conocimiento ocurridos antes y durante ese período; y hay reflexiones sobre cada tema. Mientras leía alguno de los capítulos pensaba qué loco cuando esta historia sea libro y al libro lo tome alguien dentro de, no sé, cincuenta años. O doscientos. Sí, ya sé, seguramente existirá algo parecido a lo que hoy conocemos como “la interné” y toda la info sobre “aquellos tiempos” la podrá buscar ahí. Pero me entusiasma la imagen de chabón encontrando estos hechos en un libro de ficción, el ocasional lector chocándose de frente con las reflexiones del protagonista, que bien pueden ser las del autor. O dentro de mil años: ¿cómo pensaban los tipejos de aquellos tiempos locos tan lejanos?

Por supuesto, en lo que hace al lector del presente, al leer sobre “la cuarentena”, se sentirá identificado, conocerá esas sensaciones, las vivió, las sintió, las padeció. La cosa no queda en el covid-19, por supuesto, están, por ejemplo, el asesinato de los rugbiers, la desaparición de Tehuel.


En cualquier historia, un buen comienzo es fundamental. Importa más que cómo termina esa historia (aunque amo los finales, pero lo pienso en función de que es el comienzo, de que hay que atrapar al lector, no tiene que huir, no le tienen que pesar esas primeras páginas. Ya habrá tiempo para capítulos más densos, cuando ya tengamos al lector aferrado a las páginas). 

A mí me pasa que, si una historia comienza como comienza esta nouvelle, es decir, con “Estoy muerto. El cajón desciende”, me van a dar ganas de seguir leyendo a ver qué onda, qué pasa, como llegó a esa situación, quién demonios es el que nos cuenta la historia, qué hay detrás, etc. 

Todo el primer capítulo me atrapó al toque. El segundo ya se mete en el contexto de la historia reciente de la humanidad. Me gusta que ese segundo capítulo parece irse por las ramas, pero no del todo, y tiene un final que, de nuevo, invita a seguir leyendo. 


El detalle de las frases colocadas en el margen derecho, antes de cada título de capítulo, me gustó. Es una frase que resume la esencia de lo que se va a venir, genera expectativa. Es común eso de empezar un texto con frases de algún pensador, o fragmentos de alguna canción; a veces, siento que son meros caprichos del autor, como que quiso meter esa frase de esa banda solo porque le gusta, por puro esnobismo (onda “escucho la Velvet, soy cool”) y no porque tuviera algo que ver con el capítulo. Por eso remarco lo de “frase que resume la esencia de cada capítulo”; es decir, en este caso, no está al pedo.

La mayoría de los capítulos son cortos, invitan a la lectura, al capítulo siguiente, no provocaron que me disperse. Es un acierto que el último sea el más largo. Ya está, lector, llegaste hasta acá, quizá leíste un capitulo por día, porque el trajín diario no te permite dedicarle más tiempo a la lectura, pero ahora fijate cómo termina la cosa, metete, metele, vamos que se acaba, y si querés saber cómo cierra, si es que cierra, vas a tener que adentrarte y abrir esta última puerta. No sé, lector, ¿estás sin tiempo?, dejalo para el finde, capaz ahí tendrás más espacio para el ocio, es decir, para lo importante. 


Varios capítulos comienzan con un párrafo que tranquilamente podría ser una poesía. Una poesía de corte tedeschiloiseano, obvio. Con el recurso de las anáforas, eso de repetir la primera palabra, o las primeras palabras, al comienzo de cada verso/oración. Luego, al párrafo siguiente, el registro vuelve a lo puramente narrativo. Yo no sentí un cambio brusco entre poesía y prosa, lo sentí natural. Sí, tiene su riesgo cambiar de registro de golpe, el texto podría quedar como mero híbrido, como experimento, como pegote de estilos. No me parece que sea el caso, no hay un doctor Jekyll y Mr Hyde entre el Tedeschi poeta y el Tedeschi prosista. ¿Lo hay en algún escritor? Sí, en este momento no se me ocurren pruebas, pero tampoco tengo dudas. 

La poesía no acaba con esos primeros párrafos. Cada tanto, a lo largo de la nouvelle, en medio de un párrafo cualquiera, uno se puede encontrar con analogías, comparaciones, metáforas relacionadas con el agua, el mar, el viento. Por supuesto, no están de manera gratuita. 

Y hay más poesía en esta nouvelle. Me sonaba de algún lado esa Dominique Salanz. Busqué en Google y la única opción fue el libro a las palabras se las lleva el viento. 27 cartas de amor en papel. Por supuesto, la poetisa figuraba en el texto, en la carta, de Diego Tedeschi Loisa.

Ah, y la música. La música no puede faltar jamás en cualquier texto tedeschiloiseano. Y esta no es la excepción. Acá hay música, melodías, sonidos, se palpan. Y, naturalmente, otro elemento relacionado con la poesía: las letras de canciones. Me gusta, en particular, el capítulo donde el protagonista se cruza con Pedro Aznar. Me lo puedo imaginar al Pedrito diciéndome eso en esa situación. 

Volviendo a lo de “la mirada militante”, destaco el capítulo que incluye algunas enseñanzas, tips, sobre vih, sobre lubricantes y saliva. Yo, que no la tengo clara en nada, aprendí algo nuevo leyendo esas líneas. Así que, como quien no quiere la cosa, algo te llevás leyendo este broli. 

Párrafo aparte: merecen mencionarse las escenas de sexo. Están muy bien resueltas. Muy bien. Como escritor (lo soy, escribo todo el tiempo, no jodamos, aunque venda 50, 60 ejemplares, me considero sin pudor “escritor”) es un desafío plasmar “bien” una escena de sexo, hacerla “creíble”, transmitir esas imágenes, esas sensaciones, esos cuerpos. Y aquí eso está tan bien puesto, expuesto, tan natural, podés ver a esos cuerpos, podés “hacerte la peli”. 


Tuve el honor y el agrado de leer La búsqueda del beso, que más pronto que tarde se convertirá en libro. Rescato un párrafo que escribí cuando corregía el último viaje, el último capítulo. Allí hay un intento de conclusión propia, que habla del balance entre las partes que conforman esta creación tedeschiloiseana: 

*Están presentes esas imágenes relacionadas con el viento, con la costa, muchas veces haciendo alusión al agua, al mar, pero siempre con la idea de la paz, la tranquilidad, el silencio. Y está muy presente, también, la mirada del narrador, que es también tu mirada, acerca del presente, de la realidad, tu mirada militante, digamos. Y, por supuesto, no se deja de lado la historia que se quiere contar. Es decir, yo veo que estos elementos que mencioné están balanceados. Que no le falta tanto al texto en su totalidad para terminar de delinearse, de definirse, de ser libro. Que ya está casi a punto, con los detalles, con las correcciones que haya que hacerle. 


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